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TESTIMONIO Y MISIÓN DEL CRISTIANO HOY
ENCUENTRO ACIT ANDALUCIA ORIENTAL. GUADIX
9-10 ABRIL
Buenos días a todos. Agradezco de corazón a Jorge y a toda la
Junta Directiva de la Asociación ACIT Andalucía Oriental la invitación que en
su momento me hizo para acompañaros en este encuentro, un agradecimiento que es
doble: por un lado el hecho de poder vivir esta experiencia junto a vosotros, y
por otro, la oportunidad de volver a esta querida tierra de Guadix, un monte
Sinaí para los miembros de la institución Teresiana, lugar cuyas calles,
plazas, cuevas y edificios nos hablan de San Pedro Poveda de una manera
especialmente profunda.
“Testimonio y misión del cristiano hoy” es el título del tema
que Junto con Jorge, pensamos para hoy. Y ¿porqué este título y tema?,
pues…porque creo sinceramente, que hoy más que nunca en nuestra vida, estamos
llamados a ser coherentes con nuestro ser cristiano, con nuestra misión; que
hoy más que nunca, la Iglesia, nos pide dar un testimonio creíble en la
sociedad en la que nos ha tocado vivir, un testimonio cuyo ejemplo vivo y
directo lo tenemos en Jesús de Nazaret.
No voy a decir a nadie en qué lugar, momento o forma ha de
realizar su misión y dar testimonio cristiano, eso lo dejo para cada uno, pues
es cada persona la que tiene que descubrir, meditándolo y orando, cuál es el
lugar en el que Cristo le llama para dar su testimonio.
He buscado en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua
el significado de ambos términos, y dice así:
MISION: del latín missio-missionis. Acción de enviar. Poder,
facultad que se da a alguien de ir a desempeñar algún cometido. Salida o peregrinación
que hacen los religiosos y varones apostólicos de pueblo en pueblo o de
provincia en provincia, o a otras naciones predicando el evangelio. Me quedo
con “Acción de enviar”.
TESTIMONIO: del latín testimonium. Atestación o aseveración
de algo. Instrumento autorizado por escribano o notario, en que se da fe de un
hecho, se traslada total o parcialmente a un documento o se le resume por vía
de relación. Prueba, justificación y comprobación de la certeza o verdad de
algo.
En el recientemente estrenado “Itinerario del Miembro ACIT”,
en su punto VII nos dice:”El testimonio personal requiere también el de
nuestras comunidades, y el de nuestra asociación como sujeto social. Nuestros
grupos y familias deben ser comunidades testimonio que irradien la fe y el
carisma que las convoca. Comunidades de esperanza, de perdón y crecimiento, que
acojan y ofrezcan una y otra vez, con frescura e ilusión, el carisma que les es
entregado para servicio del mundo. Estamos llamados a acompañar e iluminar con
la luz del mensaje de Jesús las búsquedas y necesidades de nuestro tiempo en
este aspecto tan vital para la vida de las personas y de las sociedades.
Para los cristianos misión y testimonio van unidas, deben ir
el uno junto a la otra; no entendemos una misión sin dar en ella testimonio de
lo que somos, testimonio de Cristo.
El Concilio Vaticano II dice sobre la misión de los laicos,
que estamos llamados “particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia
en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es
a través de ellos. El campo propio de su acción evangelizadora es el mundo
vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la
cultura, de las ciencias y de las artes, etc. Es urgente y necesario acentuar
esta dimensión. Sin olvidar que la corresponsabilidad de los laicos comprende
la edificación de la comunidad eclesial y su acción evangelizadora en la
sociedad civil”.
Como dice Lourdes Zambrana, hacen falta “Nuevas Militancias
para tiempos Nuevos”, y esta idea que puede parecernos novedosa, San Pedro
Poveda la tenía muy clara y sabía que esa era la única forma de compromiso
cristiano, estar, vivir y actuar con los tiempos en que a cada uno nos ha
tocado vivir. Eso fue lo que él hizo,
actuar con acciones acordes a las necesidades de las personas y de la
sociedad de su tiempo. Poveda nos propone una espiritualidad laical cuyo
prototipo habían de ser los primeros cristianos. “Vosotros sois la sal de la
tierra”, nos dice en un escrito del año 1.920, en el que refleja muy bien cómo
estar en el mundo, siendo uno más, y al mismo tiempo sanando y dando sabor.
Comienza esta reflexión con una afirmación central que vertebra todo su
pensamiento: “vuestra vida lo es de apostolado”, y la comparación que elige es
la de la sal. Al referirse a la institución Teresiana como “obra de
apostolado”, y al calificar la misión y la vida de sus miembros como
apostólica, nos está expresando su convicción de que la evangelización es su
fin último, la razón de ser de una asociación laical que se sabe llamada a
hacer presente el evangelio en medio de las estructuras públicas de la sociedad
civil. Para Poveda la pasión por el Reino es la única que configura plenamente
la vida del miembro de la Institución Teresiana, unificándola y estructurándola
de manera integradora. Desde ahí confronta otras aproximaciones a lo humano y
se decanta por una vida que acoge y sirve a la causa de Dios en medio del
mundo, dando testimonio de ello con las palabras y los hechos. De esta manera,
la evangelización es una nota de identidad inseparable del carácter laical de
la vocación teresiana. Con la imagen de la sal Poveda ilustra cómo entiende una
vida laical, “una vida fundida con las gentes, con sus sufrimientos, con sus
angustias, sus esperanzas e ilusiones, y vida sanadora a lo divino”, nos dice,
y esto es lo que aquí en Guadix comenzó haciendo. En la comparación de la sal
también aparece la idea de la encarnación, fuente de la espiritualidad laical
povedana e inspiración del “humanismo verdad” (74. 1915). La invitación que
Poveda nos hace de ser sal de la tierra, es por tanto, una provocación a
encarnarse “de esa manera”, en las distintas realidades, sin reducir las
exigencias de una vida que, como la de Jesús, se ejercita en la mirada ofrecida
y recibida, y en el contacto con las personas y con las situaciones, es “tratar
con el mundo y ser en lo interior extraños del mundo”, idea esta paradójica que
apunta a un modo de estar y comprometerse contracultural, como lo fue en muchos
casos el de los primeros cristianos. Esta es, sin duda, una clave irrenunciable
de toda vocación cristiana y, por supuesto, de la vocación laical. La idea de
la sal nos habla también de identificarnos con Cristo abrazando al mundo con el
mismo amor pleno, gratuito, total y liberador con el que Dios ha amado al mundo
en Cristo crucificado, idea que está en estrecha relación con la invitación
povedana a ser “crucifijos vivientes”, esto es, no sólo a creer en Cristo, sino
a vivir en Cristo. A una conversión de cabeza y corazón que el paso de los años
hace más profunda y más sólida, ayudándonos de manera significativa a la misión
de ser sal.
En palabras de Benedicto XVI, la misión del católico es
anunciar a Cristo al mundo, para ello es imprescindible desechar la idea que
hoy nos intentan imponer de que la religión es un asunto privado, no un tema de
conversación entre personas educadas. No se puede reducir la fe a una
motivación para el actuar individual, para el individualismo. No puede haber
una identidad cristiana evangelizadora si lo laicos no somos personas que
vivamos más el apego al Reino de Dios. Compartir a Cristo con los demás no es
lo mismo que compartir un consejo para invertir en bolsa o una receta de una
tarta riquísima. Es una actuación esencialmente personal que hace que saltemos
a la palestra para convertirnos en testimonio vivo de la verdad que
compartimos, haciendo que nuestras acciones empiecen entonces a ser medidas por
el rasero de nuestras palabras, con la dificultad añadida, de que la cultura
circundante, es muy diferente a la que el Evangelio nos invita a vivir. La
cultura se ha vuelto tóxica, y es tan grande la distancia que separa la vida
que el mensaje de Cristo nos invita a vivir, de la vida a la que nos invita la
sociedad, que a veces no podemos salvarla, haciendo auténticas obras malabares
para cerrar esta brecha. A esto nos llama nuestra misión, a transformar no sólo
a las personas concretas, sino toda la cultura, haciéndonos ver que así como la
descristianización de la sociedad ha alejado de la iglesia a innumerables
mujeres y hombres, del mismo modo podemos hacer que estos mismos hombres y
mujeres que un día se alejaron de la iglesia hoy vuelvan a ella.
Minutos antes de que Jesús ascendiera al Padre, les dijo a
sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y
enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado” (Mt28,19-20). El mandato “Id”
apunta a la misión, a la proclamación inicial, el movimiento del discípulo que
se dirige al mundo para proclamar la Buena Nueva. “Enseñándoles a guardar todo
cuanto os he mandado” indica la labor catequética del cristiano, y el
“bautizándolos” señala el elemento sacramental de la misión: la llamada a traer
a todos los pueblos de la tierra a la familia de Dios. Este es el motivo por el
que la misión debe basarse en la Eucaristía, que nos da la fuerza necesaria
para crecer en el amor y en la fe y nos obliga a compartir esa fe con otros.
Cuando comprendemos esto, comprendemos el auténtico alcance de la misión, vemos
la plenitud de la fe que se nos encomienda compartir, y vemos la plenitud de la
misión a la que estamos llamados.
Hace casi dos mil años, en Galilea, Jesús llamó a Simón Pedro
junto a sí una y otra vez: cuando Pedro, con su hermano Andrés, fueron a ver a
Jesús por primera vez; cuando Jesús utilizó la barca de Pedro para predicar
desde el agua; cuando las redes de Pedro reventaban por la enorme cantidad de
peces; cuando Pedro caminó sobre las aguas; cuando Jesús habló con Pedro en la
playa del lago Tiberiades después de la Resurrección… cada una de estas
acciones de Jesús era una llamada a un nivel de fe más profundo. A medida que
Pedro iba teniendo esos encuentros, aprendía más sobre Jesús y sobre sí mismo.
Aprendió todo lo que podía llegar hacer si confiaba en Dios. Y aprendió que, a
pesar de toda su fe, podía traicionar a Aquel que amaba tanto. Cada sí de Pedro
se convertía en una lección de humildad, una humildad que le permitió al final
recibir la fuerza para llevar a otros a Cristo.
Pedro es un ejemplo real en nuestras vidas, ejemplo que debemos imitar.
Cada día, en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, Cristo nos llama
junto a sí, no hay una sola llamada, hay muchas, por lo que un solo sí no es
suficiente. La vida del cristiano es un continuo sí a Dios, cuantas más veces
le decimos sí más crece en nosotros el amor, necesario e imprescindible para la
misión.
Durante los primeros mil años de cristianismo, el evangelio
de san Mateo, fue la referencia primordial sobre cualquier otro evangelio. El
motivo era que reconocían en él una presencia muy cercana de la figura de
Jesús. Desde el capítulo primero, donde Mateo cita al profeta Isaías: “Mirad,
la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrá por nombre Enmanuel,
que significa Dios con nosotros” (Mt 1,23), hasta las últimas palabras del
último capítulo, “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo” (Mt 28,20), Jesús parece salir al exterior del texto en cada una de
sus páginas. Su presencia en el evangelio, igual que en el mundo, es una
presencia perdurable. Esa característica le da al evangelio de Mateo una gran
fuerza. Nos recuerda que nuestra tarea es proclamar a una persona, no una
filosofía, ni una teología, nuestra tarea es proclamar a Jesús, su vida, sus
palabras, su modo de hacer e incluso, su idiosincrasia. Eso es lo que hace
Mateo, nos conduce a un encuentro con el Dios que nos ama, y nos muestra cómo
nos amó a nosotros. Esta fue la misión de los primeros cristianos y esta debe
seguir siendo la nuestra, y para conseguirlo, no son suficientes las palabras
solamente, ni tampoco exclusivamente las acciones, debemos unirlas ambas, así,
uniendo palabras y obras, nuestro testimonio personal presentará la fe como un
todo vivo, evitando que se convierta en un conjunto de doctrinas fragmentarias,
separadas de Cristo y sin conexión entre sí, solamente de esta manera nuestra
presencia y mensaje será creíble y cuestionará al otro. Así nos lo recuerda
Mateo: la palabra de Dios no sólo informa, actúa y transforma.
Otra de las características importantes en la labor misionera
de un cristiano es recordar que no estamos solos, recordar que somos Iglesia.
De los cuatro evangelistas mateo es el único que se refiere explícitamente a la
Iglesia. En dos ocasiones escuchamos la palabra “ecclesia” de los labios de
Jesús: “sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mt16,18) y “si tampoco quiere
escuchar a la iglesia, tenlo por pagano y publicano” (Mt 18,17).
“El cristiano es, en la iglesia y con la iglesia, un misionero
de Cristo enviado al mundo. Esta es la misión apremiante de toda comunidad
eclesial: recibir de Dios a Cristo Resucitado y ofrecerlo al mundo, para que
todas las situaciones de desfallecimiento y muerte se transformen, por el
Espíritu, en ocasiones de crecimiento y vida”, nos recuerda el Papa emérito,
para esta misión, continúa diciendo, es necesario “escuchar más atentamente la
Palabra de Cristo y saborear asiduamente el pan de su presencia, esto nos
convertirá en testigos y, aún más, en portadores de Jesús Resucitado en el
mundo, haciéndole presente en los diversos ámbitos de la sociedad, y a cuantos
viven y trabajan en ellos, difundiendo esa vida abundante que ha ganado con su
cruz y resurrección y que sacia las más
legítimas aspiraciones del corazón humano. De hecho, los anhelos más profundos
del mundo y las grandes certezas del evangelio se unen en la inexcusable
misión, puesto que sin Dios el hombre no sabe a dónde ir ni tampoco logra
entender quién es”. Ante los grandes y graves problemas que actualmente estamos
viviendo en el mundo con auténtica pena y dolor: guerras, drama de los
inmigrantes y desplazados, cristianos perseguidos y ejecutados,
hambre…problemas que nos llevan al desasosiego y al abatimiento, sale a nuestro
encuentro la palabra de Jesús que nos dice, “sin mí no podéis hacer nada” y que
al mismo tiempo nos anima: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final
del mundo”. Hoy los cristianos estamos llamados a afrontar nuevos retos, a
dialogar con otras culturas y religiones para juntos, construir una convivencia
pacífica de los pueblos. El campo de la misión se presenta hoy notablemente
dilatado y no definible solamente en base a consideraciones geográficas, nos
esperan no solamente los pueblos no cristianos, sino también las periferias
existenciales y terrenales, los ámbitos socioculturales y sobre todo “los
corazones, que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del
pueblo de Dios”. Estamos llamados a servir a la humanidad de nuestro tiempo,
confiando y dejándonos iluminar por la Palabra de Jesús: “No sois vosotros los
que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que
vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure”.
Nuestra vida cotidiana nos presenta muchas ocasiones que nos
ponen diariamente a prueba: son todos esos momentos en los que no es tan
sencillo mantener un testimonio claro y firme de nuestro ser cristiano. A veces
es tan sólo la rutinización de nuestra vida de fe, o a veces son obstáculos
externos como la oposición de personas cercanas o dificultades en el lugar
donde trabajamos. También existen obstáculos internos como por ejemplo el miedo
al qué dirán los demás si manifestamos de modo visible nuestras convicciones
religiosas y nos ponen la etiqueta pública de cristianos. Ciertamente esto no
es una historia nueva en la vida de la Iglesia, y nosotros lo sabemos muy bien
con el ejemplo de Poveda, pues todos los cristianos experimentamos en algún
momento, frente a estos retos, la necesidad de una cierta fortaleza especial
para poder dar un testimonio genuino de lo que creemos y vivimos. El Apóstol
San Pedro, por ejemplo, experimentó en su propia vida esta dificultad, negando
tres veces en público al Señor, en un momento crucial de la pasión. Luego, sin
embargo, no sólo afirmo tres veces su amor por el Señor ante los discípulos,
sino que fue capaz de seguir a Cristo incluso hasta el martirio. Vemos con el
ejemplo de Pedro, cómo el mensaje cristiano se ha presentado ya desde sus
orígenes como testimonio. Cristo ha resucitado y vive después de haber muerto,
y su espíritu sigue actuando en la historia como fuerza de liberación para el
hombre. Este es el anuncio que testimoniaron los Apóstoles bajo la luz y la
fuerza del Espíritu de Pentecostés. Toda la historia de la revelación salvadora
se desarrolla en este dinamismo testimonial, así, en el Nuevo Testamento,
descubrimos dos líneas interpretativas del concepto de testigo o testimonio:
los evangelios de Lucas y de Juan. Lucas, se fija más directamente en los
apóstoles y en el grupo de seguidores de Jesús en cuanto testigos de la obra de
Dios realizada en Cristo. Para Lucas, los Apóstoles son establecidos cómo
“testigos de la resurrección de Jesús” (Hc1, 8- 22; 4, 33; 10, 41), y de todo
el sentido de su vida terrena. Esto supone que los apóstoles han convivido con
Jesús desde el principio, más aún, por haber recibido el Espíritu (Hc2,1-13),
los apóstoles reciben la tarea de testimoniar la obra del Padre realizada en
Jesús y reafirmada en su resurrección.
Juan evangelista, nos muestra un camino, o una vía diferente.
Su término preferido es testimonio. Todos sus escritos son fruto de su
testimonio: “El que lo vio (Juan) lo atestigua y su testimonio es válido, y el
sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis” (19,35). Juan da fe
de lo que ha visto y experimentado en su relación con Cristo (Jn 21,24). Ya
dentro de su evangelio, el Padre da testimonio del Hijo (Jn 5,32). El
testimonio del Hijo es verdadero porque coincide con el Padre (Jn 5,19), él
testifica lo que ha visto en el Padre (Jn 8,38). A su vez, el Espíritu da
testimonio de él (Jn 15,26); y también sus Apóstoles (Jn 15,27), a quienes él
mismo envía al Espíritu de la verdad (Jn 14, 16-17).
Los primeros cristianos eran muy conscientes de que todo lo
que dentro de ellos y entre ellos les ocurría de excepcional, respecto a su
vida anterior, de desconcertante en comparación con la existencia que tantos
otros llevaban a su alrededor, no era fruto de su adhesión, de su inteligencia
o de su voluntad, sino que era un don del Espíritu, un don de lo alto, una
fuerza misteriosa por la que estaban invadidos y les proporcionaba una
personalidad nueva que sentían dentro de ellos. Ese término “de lo alto”, al
que me acabo de referir, no debe entenderse como una investidura mecánica y
exterior, ya que en latín, “altus” tiene también el sentido de profundo, de
esta forma, estaríamos diciendo que en lo más intimo y profundo de sus ser
había brotado una personalidad distinta. Una personalidad constituida de la
conciencia de sí misma y de su impulso creador, trasmisor, de su fecundidad,
este era su testimonio: el dar a conocer lo nuevo que sentían, esa fuerza
renovadora que nos da a los cristianos la posibilidad de comenzar a
experimentar la realidad de un modo nuevo, rico en verdad y cargado de amor. Porque
es justamente la realidad cotidiana, el día a día, lo que se transforma, y el
tiempo presente el tiempo en el que se recibe mucho más; son las connotaciones
normales de la existencia humana las que cambian: el amor entre hombre y mujer,
la amistad entre los hombres, la tensión de la búsqueda, el tiempo de estudio y
trabajo. Sin pasar por esta experiencia resulta muy difícil, por no decir
imposible, adquirir una convicción capaz de construir, capaz de llenarse y
capaz de transmitirla a los demás. Si se deja implícito y no se explicita el
valor de esta primicia del Espíritu, es decir, si no se toma conciencia de lo
que significa, jamás se caerá en la cuenta de la potencialidad cultural que
tiene la propia fe, ni se alimentará su dinamismo crítico y operativo. El don del Espíritu tiene como resultado
hacernos evidente que estamos inmersos en ese nuevo flujo de energía provocado
por Jesús, nos manifiesta que formamos parte de ese nuevo fenómeno y que como
tantos antes que nosotros, tenemos la obligación de darlo a conocer; porque el
don del Espíritu es una fuerza que invade a los hombres que Cristo ha llamado a
su ecclesia. Él les confiere una nueva consistencia en función del objetivo inmediato de su
llamada: la edificación de la comunidad, primicia del mundo nuevo. El don del
Espíritu da un impulso a esta nueva personalidad que otorga a su vida una
capacidad comunicativa fecunda, comunicativa de la novedad que Cristo ha traído
al mundo, de modo que tanto el individuo como la comunidad se sienten en condiciones
de pronunciarse ante el mundo. Así pues, esta mayor consistencia de la
personalidad de cada uno y de la comunidad toda a la hora de manifestar ante el
mundo la novedad traída por Cristo, saca su sabia vital de una fuerza que no es
sólo verbal, que no se queda en simples discursos, sino que penetra y cambia
los quicios de la existencia hasta el punto que con razón podrá decir Pablo a
los Tesalonicenses: “Conocemos, hermanos queridos de Dios, vuestra elección; ya
que os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras, sino también con
poder y con el Espíritu Santo”.
Este sencillo testimonio de una vida coherente de fe y
comprometida es de suma importancia. Predicar con el ejemplo es una forma
hermosa de manifestar la presencia de Dios y su centralidad en nuestra vida.
Sin embargo, como bautizados en Cristo, estamos obligados no sólo a dar
testimonio, en cierto sentido, pasivo, es decir, con nuestra vida únicamente,
sino también a una proclamación más activa de la Buena Nueva al mundo. El Papa
Francisco afirma al respecto que “la responsabilidad de dar testimonio público
es para todos: el Evangelio ha de ser anunciado y testimoniado. Cada uno
debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo con mi fe?, ¿tengo el
valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano
obedeciendo a Dios?”.
Ser discípulos de Cristo no es sólo una definición o un
título, es algo muy serio e importante, es algo que nos compromete de verdad y
que exige de nosotros una respuesta total. La vida de la Iglesia está llena de
heroicos testimonios de hombres y mujeres que han sido capaces de seguir a
Jesús, incluso, como Poveda; de ofrecer la propia vida. A casi dos mil años de
los primeros mártires cristianos, hoy siguen iluminando la vida de la iglesia
numeroso cristianos que en este momento dan testimonio del nombre de Jesús
incluso hasta el martirio. Estos cristianos perseguidos y masacrados por su fe,
en pleno siglo XXI, así como la radicalidad de los grandes santos, entre lo que
lógicamente incluimos por merecimiento a nuestro fundador; así como los
hermosos testimonios de unos y otros de su adhesión a la fe nos hacen pensar en
nuestra pequeñez y limitación. Quizás eso nos pueda hacer dudar del valor y
significado de nuestro propio testimonio de fe, o pensar que basta vivir la fe
de modo privado, sin hacerlo evidente a los demás. Incluso nos podemos
preguntar si lo que yo haga o no haga realmente hará alguna diferencia en la
vida de la Iglesia.
La respuesta es que definitivamente si hace una gran
diferencia, por más pequeño que uno considere el aporte que puede dar. Un
sacerdote estadounidense ponía este ejemplo que puede ilustrar esta idea: si
una noche un estadio lleno de gente se queda de improviso sin luz eléctrica
habrá una gran oscuridad. Sin embargo, ¿Qué pasaría si una persona enciende una
pequeña luz, una cerilla, la linterna de su móvil, o un encendedor, por
ejemplo, y su acción contagia a otro y a otro y a otro…? Al cabo de unos momentos
la suma de las pequeñas luces hará retroceder a la oscuridad. Uno solo,
probablemente, no haría mucha diferencia; pero si uno no comienza tal vez el
otro no se anime y se encienda una cadena.
En la Carta Apostólica con la que el Papa Benedicto XVI convocó
el Año de la Fe, se nos daba una clave que nos ayuda a comprender la necesidad
de no sólo creer en la mente y en el corazón, sino también de vivir en la
acción de aquello que creemos: “Profesar con la boca indica, a su vez, que la
fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar
nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor
para vivir con ÉL, preciosa definición de fe del Papa Emérito, que continúa
diciendo que “Este estar con ÉL” nos lleva a comprender las razones por las que
se cree. La fe es la adhesión personal y comunitaria a Dios que sale a nuestro
encuentro. Esta adhesión involucra a todo nuestro ser, pues no sólo creemos con
la mente, sino que debemos amar aquello que creemos con el corazón y debemos
vivirlo en cada una de nuestras acciones concretas.
Cada uno de nosotros, según nuestros dones y posibilidades,
puede encontrar el modo de vivir esta dimensión apostólica. Como explica el
Papa Francisco, “el testimonio de la fe tiene muchas formas, como en un gran
mural hay variedad de colores y de matices; pero todos son importantes, incluso
los que no destacan. En el gran designio de Dios, cada detalle es importante,
también el pequeño y humilde testimonio tuyo y mío, también ese escondido de
quien vive con sencillez su fe en lo cotidiano de las relaciones de familia, de
trabajo, de amistad”. El Señor puede transformar lo poco que a nuestros ojos
hacemos para multiplicarlo de modo
insospechado, dándole unos frutos tales que nosotros no podemos ni imaginar.
Una palabra nuestra en el momento adecuado, que quizás nos parezca poca cosa o
muy sencilla, puede obrar por gracia de Dios frutos inesperados en un corazón
necesitado.
Mi testimonio público, nuestro testimonio público es,
entonces, fundamental. No podemos pensar con mente humana ni excusarnos en
ello, y lo es hoy particularmente fundamental cuando vemos que en muchos países
y ámbitos de la vida social se quiere negar al Señor o relegarlo, como ya he
dicho, a lo privado. Precisamente, en circunstancias como las que vivimos hoy,
se hace más necesario el anuncio explícito del Evangelio, un diálogo que es un
contacto de experiencias, que es un comunicar la propia vida personal a otras
vidas personales a través de las palabras, los gestos, la actitud. En una
sociedad como la nuestra no se puede crear algo nuevo si no es con la vida.
Solamente una vida nueva y diferente puede revolucionar estructuras,
iniciativas, relaciones, todo. Se trata pues, de tener una presencia novedosa
en la sociedad cada vez más verdadera y pertinente al mensaje de Cristo y al
contexto. Por eso, tenemos que ayudarnos a comprender qué contribución se nos
pide en este momento histórico y cómo podemos realizarla. En este esfuerzo hay
algo que nunca podemos olvidar: no sólo tenemos el encargo del Señor a
realizarlo, sino que El mismo sale a nuestro encuentro y nos da la fuerza
necesaria para el camino. Ser cristiano muchas veces significará caminar contra
la corriente, algo que puede darnos cierta incertidumbre e inseguridad, pero
sólo será posible nuestro testimonio valiente “si reconocemos a Jesucristo,
porque es ÉL quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su camino, y nos
ha elegido. Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si estamos junto a
ÉL, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban entorno a Jesús
resucitado”. En eso radicará nuestra fidelidad, y también nuestra felicidad,
será Jesús quien nos dará el valor necesario para caminar contra corriente; no
hay dificultades, tribulaciones, incomprensiones que nos hagan temer si
permanecemos unidos a Dios como los sarmientos están unidos a la vid.
Así pues, queda claro que todos los cristianos tenemos una
misión. Esto significa nuestro nombre, “cristiano”, que deriva de Cristo, “el
ungido” por Dios para la salvación del mundo, misión que requiere hoy más que
nunca la fuerza del testimonio y la misericordia.
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