...Cinco razones para creer
Tercer retrato
El sentido
La desproporción entre lo efímero de la existencia y
el suelo que la sostiene
Es fácil
percatarse de lo efímero de nuestra existencia. Una doble constatación la pone
de manifiesto: no existo desde siempre y no existiré para siempre. Tan fácil, y
tan complejo; porque el hombre no se resigna a convertirse, como afirmaba M.
Heidegger, en “un ser para la muerte”.
¿Qué soy, por tanto?, ¿una cerilla que ilumina débilmente
entre dos oscuridades, entre dos “nadas”? A esto es a lo que llama la filosofía
“contingencia”. El hombre es un ser contingente, es decir, no es necesario,
existe pero podría no existir. O de otra manera, la contingencia de la
naturaleza humana pone de manifiesto que el hombre no tiene fundamento en sí
mismo. De pronto, nos encontramos aquí y administramos una libertad que no
hemos pedido que se nos conceda.
Sin embargo,
y siendo todo lo que hemos dicho verdad, parece que pisamos tierra firme.
Repentinamente, a pesar de lo efímero de nuestra existencia, la vida se impone
y nos seduce con una verdad que damos por supuesta: merece la pena vivir. No
somos eternos, sino temporales, y todo lo que engendra el hombre lleva el
marchamo del paso inevitable del tiempo. Pero, aun así, nos levantamos cada mañana,
afrontamos la vida, luchamos con ilusión por aquello en lo que creemos,
conquistamos una parcela de la realidad a la manera de una profesión, nos
dejamos alcanzar por el amor y nos emparejamos, ofrecemos hijos al mundo y nos
arriesgamos en ello…
A mi juicio,
se trata de una confesión de sentido del propio Camus: en los hombres hay más
cosas dignas de admirar que todo lo contrario, a pesar de lo sufrido, de la
transitoriedad de la vida, del olvido y la injusticia.
Aquí encontramos una demanda de sentido y de finalidad que,
en medio de la confesión de un posible absurdo, pugna por salir e imponerse
como el suelo de nuestra existencia. La aparición del hombre ha de tener un
sentido y un fin que ofrece lo específico de nuestra naturaleza en relación al resto
de seres vivos. El ser humano, en esta discontinuidad con el mundo animal, se
encuentra referido a una nada y a un todo. Y es ahí donde ha de optar.
Curiosamente, aunque los avances científicos han conocido un desarrollo
extraordinario, las grandes preguntas de la existencia humana siguen
prácticamente intactas. Una de esas preguntas, a la que la ciencia y la
filosofía no pueden responder, es este interrogante de sentido y de finalidad.
Esta demanda de sentido, aunque no es una prueba concluyente de la existencia
de Dios, apunta hacia la religión como un posible lugar de respuesta.
Si apuesto al sí, “Dios existe” (hay sentido), y al morir
descubro que no era cierto, no habré perdido nada y habré ganado el vivir con
sentido esta vida. Apostar por Dios es apostar un finito por un infinito, es
decir, arriesgo bienes efímeros de este mundo en pro de un Dios que es garantía
de plenitud. Es cierto que se trata de una apuesta donde existe un elemento
hipotético: la misma posibilidad de que sea verdad la existencia de Dios. Está
la objeción de que apostamos algo real contra algo hipotético, pero esta es la
dinámica del juego y del riesgo. La clave de esta apuesta a favor del sí es
que, si ganamos, ganamos todo, y si perdemos, no perdemos nada:
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Apostar por Dios es apostar un finito por un infinito. |
Creer o no
en Dios reconfigura absolutamente los cimientos en los que se construye la
propia vida.
De esta manera,
esta nueva forma de declinar la desproporción puede convertirse en otro digno
pórtico de entrada a la fe. El ser humano experimenta una exigencia de sentido
y, al mismo tiempo, la vida acaba imponiéndose con su persuasión: la realidad
es buena. Así, porque la vida tiene sentido, podemos dar un sentido a nuestra
vida. Existe un dato previo que se impone, más allá de nosotros, ofreciendo un
suelo sólido para pisar en esta vida.
La misión es
una realidad que acaba configurando nuestra identidad más profunda porque somos
aquello a lo que estamos llamados. La misión se recibe, de modo personal e
intransferible, pero también está requerida de una aceptación complacida del
llamado. Es el eterno diálogo que se establece en la Biblia entre el Dios que
llama, siempre para una misión, y un hombre que recibe dicho encargo. La misión
sobrepasa siempre las posibilidades del que la recibe; y, justo por ello, tiene
la garantía del encargo divino